La historia universal con un propósito cosmopolita

“Podemos considerar la historia humana en su conjunto como la ejecución de un plan oculto de la Naturaleza, con el fin de llevar a cabo una constitución estatal interiormente perfecta y, con este fin, también perfecta externamente, como el único estado en que aquella puede desarrollar integralmente todas las disposiciones de la humanidad.” – Immanuel Kant  [i]

La Obra de Kant es un monumento a la importancia de la Razón en la vida humana y en la Naturaleza. El pequeño opúsculo de 1784, titulado “La idea de una historia universal con un propósito cosmopolita” hace una síntesis completa acerca de la finalidad humana, entretejiéndola con la vida en sociedad y la construcción de una Historia que permita a la humanidad alcanzar su pleno desarrollo.

Todos los seres tienen un propósito, un designio, una función. Aquello de lo que está constituido un ser, todos sus órganos y capacidades, son disposiciones naturales específicas que permiten realizar una finalidad general. Las disposiciones naturales (y la naturaleza entera) se desarrollan como respuesta a un fin. Puede que esta función no sea aún cumplida integralmente, pero el progresivo desarrollo natural hará con que eso suceda. El universo se mueve en el sentido de realizar plenamente las potencialidades que existen en germen en todos los seres.

Evolución en espiral / Adrian Salamandre

Del mismo modo, la razón del hombre tiene un soporte, un conjunto de disposiciones naturales que le permiten hacer uso de una voluntad, mucho más allá de los instintos. Para adquirir un completo dominio sobre la razón no es suficiente el corto intervalo de una vida. De ahí que sea necesaria toda la historia de la humanidad, a través de generaciones innumerables, para llegar al pleno desenvolvimiento de todas las capacidades humanas. Sin este concepto de finalidad, toda la vida humana carecería de sentido, se convertiría en algo inútil.

Es, gracias a la realización de sus capacidades internas como el hombre alcanza la felicidad, obtenida por la razón que lo hace liberarse del instinto, alcanzando la verdadera libertad (de la voluntad). Esta liberación no será alcanzada por la simple acumulación de conocimientos llegados desde el exterior, sino de dentro de sí mismo, por su misma conquista. Esto no excluye la necesidad de educación, en el sentido de ser lo que permite educir (extraer desde dentro) lo que hasta este momento se hallaba en potencia. Todas las dificultades con las que el hombre se encuentra son las herramientas con las que, superándolas, se supera a sí mismo también, ganando así el mérito propio de la dignidad de la vida y del bienestar.

Dos fuerzas antagónicas confluyen en la sociedad para permitir este desarrollo del hombre, una fuerza que lo lleva a estar en sociedad,  otra que lo lleva a aislarse. Las dos en conjunto crean un hombre social con tendencias egoístas, o un hombre egoísta con tendencias sociales. En este confrontar de tensiones se desarrollan los talentos, el gusto, un modo de pensar y, por fin, una sociedad como un todo moral. De la resistencia al egoísmo surge la cualidad de la sociabilización. No es el instinto el que nos hace llegar al altruismo, sino el desarrollo de la razón, que inevitablemente despierta la buena voluntad. Este es el desarrollo de la razón, incluido en el plano general de la evolución humana, que nos puede diferenciar de los animales. Todas estas disposiciones antagónicas que trabajan en conjunto revelan “la ordenación de un sabio creador”. O sea, las dificultades impuestas por la parte animal del hombre no son obra de un espíritu malo y caprichoso, sino parte integrante del plan de Dios.

La más elevada intención de la Naturaleza es que el hombre llegue a su desarrollo pleno, para lo cual es imprescindible la vida en sociedad. Constituye, entonces, la mayor tarea de la humanidad, llegar a una constitución civil perfectamente justa, bajo la cual se pueda llegar a la finalidad última de la realización humana. Los árboles en un bosque se ven encaminados a buscar el cielo en su crecimiento, mientras que los árboles aislados crecen horizontalmente y deformados. La existencia de un estado es un catalizador esencial para el despertar de las cualidades del individuo, instruyéndolo, guiándolo y protegiéndolo.

Immanuel Kant (1724-1804) / wikipedia

Como no todos los hombres están en el mismo grado de desarrollo, es necesario que la voluntad de los hombres esté alineada por la voluntad de un señor que capte mejor los principios universalmente válidos. Esta sumisión o unión de una voluntad a otra más elevada y más consciente no tiene necesariamente por qué suprimir la libertad. La obediencia puede darse por voluntad propia, como reconocimiento de sabiduría. Esta unión de voluntades puede inclusivamente, ser la forma de aumentar la libertad interior del individuo, al permitirle un aprendizaje más seguro. Y cada señor tendrá, a su vez, que tener también su señor, su maestro, para encontrar inspiración de una voluntad aún más elevada.

Y así sucesivamente hasta que Kant llega a un impasse. ¿Quién será el jefe supremo de la justicia pública que no tenga nadie por encima, y que pueda, por tanto, abusar de su libertad? El jefe supremo debe ser justo por sí mismo, y aun así, ser hombre. Kant afirma esto porque justo por sí mismo sólo lo es Dios. Es una consecuencia lógica del argumento de Kant, que el jefe supremo tiene que ser, entonces, simultáneamente, Dios y Hombre. Dios encarnado en un Hombre, para guiar a todos los otros seres humanos. Las ovejas no conducen a las ovejas; los hombres conducen a las ovejas. Los hombres no conducen a los hombres; los superhombres conducen los hombres. Los superhombres no conducen a los superhombres; Dios conduce a los superhombres.

Este problema de la constitución de un Estado perfeccionado tiene que tener en cuenta la relación con otros Estados. Existe el mismo par de fuerzas entre diferentes estados tal como lo hay entre diferentes individuos, restringiéndose mutualmente la libertad en tanto que no encuentran un modelo de convivencia justo. Es de este modo, a través de las guerras y confrontándose reiteradamente como los Estados pueden llegar a sentir la necesidad de procurar la paz. En la Naturaleza se nos lleva así, con sufrimiento a la conciencia de aquello que la razón por sí sola nos podría inspirar: que las devastaciones, naufragios y otras tantas experiencias tan tristes podrían ser evitadas gracias a una “liga de pueblos, donde cada Estado, incluso el más pequeño, podría aguardar su seguridad y su derecho, no de su propio poder o decisión jurídica, sino tan sólo de esa gran federación de naciones, de una potencia unificada y de la decisión según leyes de la voluntad unida.”

Objetivos de la ONU para el desarrollo sostenible.

Pero una vez más, esta voluntad unida sustituirá a la libertad bruta de cada Estado, para transformarla en una libertad dentro de una ley constituida justamente como garantía de justicia para todos los Estados sin excepción.

Esta convergencia de los Estados no se dará simplemente mediante choques accidentales, hasta que, “por casualidad” se alcance el equilibrio tan anhelado. Todo lo contrario, es “la Naturaleza quien persigue su curso regular, conduciendo la especie gradualmente desde su estadio inferior de animalidad hasta el nivel máximo de humanidad”. El azar ciego es la misma libertad sin ley, atributo de la humanidad sin razón, sin el hilo conductor de la Naturaleza secretamente ligado a la sabiduría.

No es suficiente con que haya cultura, no es suficiente con ella para construir una civilización de arte y ciencia con que salgamos plenamente del estado salvaje. Es también absolutamente necesario el sentido moral más elevado. Es necesario que la civilización, atenuando sus violentos esfuerzos de expansión horizontal se proponga con tesón proporcionar la formación interior de sus ciudadanos tanto en el modo de pensar como en el de hacer. Sólo una larga educación de las comunidades puede permitir que despierten las disposiciones de ánimo moralmente buenas.

Cuando el tiempo y la razón hagan reducir los gastos económicos y humanos en guerras y conflictos, ellos serán paulatinamente orientados a la búsqueda de este fin de la Naturaleza, el de la realización plena de la Humanidad. También serán concienciadas “las consecuencias dolorosas que el Estado siente en la deuda siempre creciente [una nueva invención], cuya amortización es imprevisible”.

Este ideal de un futuro gran cuerpo político que conduzca a la humanidad como un todo, aún era un proyecto burdo en tiempos de Kant. Y ya se hicieron varias tentativas de concretizarlo, aún imperfectas más imprescindibles si han de ser algún día realidad. La unión de esfuerzos voluntarios podría suscitar, en todos los interesados en un mundo mejor, un sentido del todo que, después de muchas revoluciones transformadoras, aliente la esperanza de que se realizará lo que “la Naturaleza presenta como propósito supremo: un estado de ciudadanía mundial como el seno en el que se desarrollarán todas las disposiciones originarias del género humano.”

[i] Este articulo es un Comentario al texto A ideia de uma história universal com um propósito cosmopolita (1784), extraído del libro: KANT, I. – A Paz Perpétua e Outros Opúsculos. Lisboa: Ed. 70, 1992

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