El alma de las cosas

Incontables son las civilizaciones que, en la penumbra de los tiempos pasados, dejaron huellas en la superficie del globo, marcas que se superponen sobre las marcas anteriores, borrándolas. Hay registrado en la memoria inconsciente de todos los pueblos un suceso, el de que por agua o por fuego se deshizo la Historia; un diluvio que lavó el mal, una catástrofe ígnea que purificó los continentes, cual arado que prepara la tierra antigua para una nueva sembradura.

¿Cuántos reyes ganaron batallas, fundando cuántas naciones? ¿Cuántas lenguas fueron ya olvidadas? ¿Cuántos profetas, mesías y salvadores dieron ya sus mensajes de amor y sabiduría? ¿Cuántas ofrendas en cuántos sacrificios, en nombre de cuántos dioses adorados? ¿Cuántas especies, cuántas razas y etnias dieron color ya a la Tierra, uno más de cuántos planetas habitados alrededor de cuántas estrellas?

Baldosas mostrando la mítica criatura Neptuno impidiendo el paso de embarcaciones portuguesas que fueron entrando en la oscuridad del océano inexplorado. Palacio Hotel del Buçaco / wikimedia

La Historia es un cuerpo intrincado de acontecimientos, una tela de araña de causas y efectos entrelazados, tan compleja que podríamos pensar que es imposible de comprender. Sin embargo, la facultad humana de comprender no nos es dada por lo corpóreo, ni por el conjunto de encadenamientos accidentales de un trayecto de vida. En nuestro cuerpo, nuestra historia queda marcada en las líneas de las manos, en las arrugas de la cara, en el iris de los ojos, en las cicatrices de la piel. La memoria registra las vivencias, y nos otorga la experiencia de lo que conscientemente vivimos. Sin embargo, si sólo tuviésemos cuerpo, los sentidos y las sensaciones que ellos permiten nos darían un contacto tan superficial del mundo que no lo podríamos llamar “comprensión”, sino simplemente aprehensión de una sucesión de eventos.

Como escribió el poeta Camões, “el tiempo cubre el suelo de verde manto/ Que ya fue cubierto de nieve fría/ Y en mí convierte en lloro el dulce canto.” Finalmente, “todo el mundo está compuesto de cambio”. La Historia no es sino este mundo en transformación, un cuerpo dinámico de diseños de color que se encadenan a lo largo de los años, los siglos y los milenios, que se tejen en la Tierra, tejido que se hace y deshace continuamente. En la superficie y en las inmediaciones del globo, la biosfera y en ella la actividad humana crean una red de vida formada por la conjugación interdependiente de elementos, que se relacionan entre sí en la construcción de caminos, en la elaboración de cultura, en el levantamiento y caída de la civilización.

Árboles que se elevan verticales en una noche estrellada / pixabay

En una noche de verano podemos observar las estrellas, pero ¿dónde están las líneas que forman las constelaciones? A cierta hora se oyen las doce campanadas,  pero ¿dónde nace la conclusión de que es media noche? Centenas de árboles entonan la misma nota en el viento de la tarde, pero dónde está la idea de que juntas forman un bosque? Encendemos cada vez más velas en el pastel de la vida, pero ¿de quién es el mismo soplo que año tras año las apaga?

¿Qué es una flor? ¿La acción del tiempo sobre una semilla? ¿Un incontable conjunto de átomos? ¿Un organismo de células? ¿Un capullo rodeado de pétalos? ¿La belleza de una rosa? ¿El significado de un loto? ¿La esencia aromática en el último adiós de un fallecido?

¡Cuántas definiciones, cuantas visiones distintas de lo que es uno, cuánta complejidad en lo que es simple!

Flor de Lotus / pixabay

La Historia, tal como la flor, o nuestro cuerpo, también tiene su alma. La comprensión del mundo, de la Historia, de la flor y del ser humano, no es dada por la observación de su cuerpo, sino por el acceso a su alma.

El alma es lo que otorga unidad a los seres, y esa unidad es el  propio Ser. Sólo es correcto decir que “observamos los seres” si en nosotros está dispuesta la cualidad espiritual que nos permite sentir más allá de los sentidos, si en nosotros está encendida la capacidad intuitiva de observar los cuerpos como símbolos en dirección a lo íntimo de la realidad. El cuerpo humano no es el ser humano. Pero la observación del cuerpo nos puede llevar a la comprensión de su ser,  de su alma, si lo consideramos como símbolo. El hecho de que caminemos verticales, de sonreír y llorar, de dominar el fuego, de tener un quinto dedo que se opone en la mano, son símbolos de nuestra componente espiritual que consigue hacer el vínculo entre el cielo y la tierra, de nuestra capacidad para la compasión, de nuestra quintaesencia ígnea que nos permite dominar las fuerzas de la naturaleza, que nos diferencia de todos los otros seres, y al mismo tiempo nos permite la comprensión de que estamos unidos a todos ellos.

El alma que da unidad a la Historia es el Mito. Si observamos la memoria escrita u oral de los pueblos, si leemos los acontecimientos con un sentido simbólico, podremos comprender a los pueblos, a las naciones, a las razas, a las civilizaciones como seres colectivos que tienen una unidad esencial, manifestada simbólicamente por un conjunto de atributos externos. Esos atributos pueden ser étnicos, lingüísticos, artísticos, políticos, religiosos, etc., que una vez estudiados bajo la perspectiva interior, subjetiva y, aún más profundamente, esotérica, pueden llevarnos a la comprensión de su alma, al vehículo mismo de su ser.

Monumento a los descubrimientos en Lisboa / Wikimedia

Lo que fue dicho para las ciencias humanas puede ser también aplicado a las llamadas ciencias naturales. La búsqueda de la verdad no pude detenerse en la descripción de los atributos circunstanciales de los componentes materiales del universo. Fue de este modo como se fueron fragmentando excesivamente las ciencias en disciplinas cada vez más especializadas, cuyos especialistas se vieron también fragmentados por dentro, con visiones parciales y mutiladas de la realidad, alejadas en toda circunstancia de la verdad. El estudio de las leyes físicas tiene que conducirnos al entendimiento del origen y evolución del universo, del cual no puede estar separado el lugar del Ser Humano. La investigación en la química y en la biología nos tiene que llevar al entendimiento del por qué de la vida, de cuál es su sentido, de para qué sirve la sucesión ininterrumpida de vida y muerte, de alegría y sufrimiento. Al lanzar nuestra mirada sobre la naturaleza, tenemos que dejar de concebir a la verdad como algo que está fuera, en el mundo exterior, esperando ser encontrada, experimentada, puesta a prueba. La prueba y la evidencia están dentro de nosotros mismos. Es el alma de la naturaleza aquello que, inconscientemente estamos buscando. Y el alma de la naturaleza no es la materia con la que la confundimos. La importancia de la materia es que sirve de vehículo a la sabiduría que, como filósofos, buscamos. Sabiduría que es, en el fondo, el significado de la naturaleza.

La vida, en su extremo esencial, es una. Como el agua límpida de una fuente desconocida, que desde lo alto fluye hasta llenar los diferentes “envases” en los diferentes reinos de la naturaleza. Todos los seres tienen vida o consciencia en algún grado. El estruendo de una roca que se desprende de la montaña; la desviación de las ramas de un árbol buscando la luz solar; el instinto protector de un mamífero con sus crías; la visión sublime de un ideal de justicia, amor y sabiduría de un filósofo; todas estas son manifestaciones de la misma vida una, más o menos consciente. Vida es sabiduría. La cantidad de vida que cada ser lleva dentro de sí es equivalente a la cantidad de sabiduría, de consciencia, de entendimiento de la vida. Vida es entendimiento, es la vivencia subjetiva de la realidad en todos sus planos. La naturaleza puede, tan sólo inspirarnos con su belleza, su armonía, expresiones de la verdad misma que la vivifica.

Kalachakra tibetano de Sera como símbolo de la unión entre el microcosmos y el macrocosmos / wikimedia

La verdad no puede ser aprisionada dentro de fórmulas, de números vacíos de significado, sin ir más allá de lo que se refiere al comportamiento externo del mundo objetivo. La verdad tiene que adentrarse en el mundo subjetivo y manifestarse como rayos luminosos en el corazón humano, como un rocío celeste que va mojando el espejo mágico de nuestra conciencia a medida que se purifica de todo lo que es terreno. La verdad anhela ser conocida. Una vez implantada en nuestra mente, fructifica en pensamientos altruistas, en sentimientos compasivos y en gestos generosos. Cuando nos dejamos guiar por la verdad ella nos sitúa en el lugar exacto que nos pertenece en la corriente de la vida, una vida honesta, honrada, consciente, una vida plena de significado, de sentido, de comprensión, de vivencias útiles para el alma y útiles para el mundo.

El alma es tocada por la verdad siempre que se abre a un ideal de justicia, de bondad, de belleza. En este contacto surgen nuevas cualidades y atributos en el ser vivo, lo que en el Ser Humano llamamos virtudes, las armas mágicas de un Ser Humano Nuevo, poderes con los que se convierte en alguien capaz de comprender el alma de los seres y de ayudarlos en su trayecto evolutivo. Del ideal es de donde nos viene la vida superior, la verdadera vida, la capacidad de, no sólo conocer, sino realizar y vivir un Mundo Nuevo y Mejor.

Pintura de Akiane Krammarik “Conocimiento Divino”, símbolo de la humanidad que forja su propio destino
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